lunes 22 de diciembre de 2008

Navidad

La Nochebuena siempre la pasábamos con mis abuelos maternos debido a que la familia de mi padre (y mi padre, por extensión) se ubicaba en los territorios del paganismo (eran campesinos emigrantes de El Mármol, Guanajuato), y mi abuela Petra había sido enfermera, y mi abuelo Andrés chófer (de riguroso uniforme negro), y eso (desde una mentalidad puramente mexicana) les daba derecho a ser católicos.

Lo curioso es que si hago memoria, yo sólo vi rezar a mis tías paternas, y a mi abuela Ricarda.

A lo largo de la Nochebuena mi abuelo nos reprochaba cada vaso de Coca Cola que bebíamos y cada risotada, y mi abuela Petra alababa en repetidas ocasiones el salmón noruego de mi tía Rosa, y no dejaba lugar en la mesa para los variados y extenuantes guisos que mi madre se esmeraba en preparar.

Era una velada de buen gusto cuya perfección se basaba, en buena medida, en la invisibilidad de mi padre, quien se ubicaba en el sillón más lejano, con un vaso de Coca cola rebajada con agua (fue boxeador, y después electricista; de manera que no se creía merecedor de una dosis completa de azúcar y cafeína). Mi abuelo, de cuando en cuando, con las cejas tupidas formando signos de exclamación, le preguntaba a voz en cuello, como si le apuntara con una escopeta, si quería beber algo, y mi padre le decía que no con la vista fija en el piso, meciendo los hielos en el vaso de Coca aguada.

Tarde muchos años en darme cuenta de que, a pesar de que la familia de mi madre lo trataba como un alcohólico, mi padre no se terminaba ni si siquiera ese vaso de jarabe infecto en toda la noche.

Mi abuelo Andrés tenía bajo llave las bebidas, y sólo las sacaba cuando se dignaba en aparecer el esposo de mi tia Rosa. Siempre llegaba tarde y cansado, no sabíamos de dónde ni de qué, vestido en un traje con chaleco incluido. A su llegada, las cejas de mi abuelo se fundían hasta dibujar un paréntesis, y entonces brotaba del fondo de su alma una personalidad que no le conocíamos: amable, risueño, esperanzado. Servía generosamente el Chivas Regal en el vaso del esposo de mi tía Rosa. Parecía que acabasen de firmar un contrato o hubiesen conquistado una cima. Incluso, compartían un puro. En alguna ocasión, el esposo de mi tía Rosa invitó a mi padre un habano, pero (sin levantar la vista del suelo) el Gato Luviano le dijo que no, gracias.

A las doce, brindábamos. Después, venían los regalos para mis primos, los hijos de mi tia Rosa. Nosotros creíamos en los Reyes Magos, y pagábamos el precio. O bien: sabíamos que mis padres no podían pagar regalos de Navidad y de Reyes, y no nos importaba. O no lo sabíamos y alguna vez nos importó, pero en algún punto, a fuerza de contemplar a mis primos abrir los costosos regalos de mis abuelos, nos acostumbramos a no esperar nada, y mi hermana, con toda naturalidad, al momento de servir el vaso de Coca para mi padre, le ponía mitad de refresco y mitad agua.

Los regalos de mis primos siempre venían envueltos en un enceguecedor papel dorado.

Luego, nos aburríamos. Se contaban chistes (los del esposo de mi tía Rosa siempre incluían alguna enseñanza moral nacionalista, "iban un chino, un gringo y un mexicano en un avión"), y mi tío Víctor intentaba (sin éxito) que todos estuvieran a gusto. Mis abuelos declaraban que era hora de dormir, pues el esposo de mi tía Rosa estaba muy cansado, y tenía que manejar de vuelta.

Nosotros volvíamos a pie, con los guisos de mi madre intactos y cubiertos por papel metálico, muertos de frío y de sueño. La ciudad olía a pólvora y pinos.

Ya en casa, mi madre ponía la mesa, fuera la hora que fura: disponía las cazuelas con los romeritos y la ensalada rusa. Y mi padre se bebía un largo vaso de agua. Claudia, Rodolfo, Edgar y yo nos acurrucábamos en nuestro único sillón (que yo incendié años después con la colilla de mi primer y último cigarro), y los observábamos entre bostezos, entre la luz titilante de nuestro arbolito y el primer destello del día. Uno devoraba de la cuchara de la otra, silenciosos y sonrientes, ganadores una vez más de una batalla que nunca pudimos comprender. Y no se levantaban de la mesa hasta terminar con todo. A veces nos uníamos hasta llegar al fondo de las cazuelas.

Entonces ya era Navidad.