¿Quién, en su niñez, no ha soñado con ser invisible y, disuelto en el aire, emprender las aventuras de un dios: deslizarse, imperceptible, entre los cuerpos, real donde nadie lo sospecha, profanando intimidades sin ser advertido, testigo impensable de tanta cosa secreta, activo donde no se lo imagina, anónimo como sólo puede ser lo inconcebible, protagonista sin igual de cuanto ocurre, viendo y oyendo sin restricción, investido con la impunidad de la que sólo puede gozar una ausencia aparente, teniéndolo todo a su alcance sin estar al alcance de nadie?
¿Y qué decir de ese otro afán profundo que también es común a casi todos y que va imponiéndose después, con los años, y en el que es fácil reconocer el reverso acabado y hasta complementario de ese anhelo de ser invisible que colmó nuestra infancia?
El de querer con toda el alma que se nos vea y no sólo que se nos vea, sino que se nos reconozca y distinga y podamos, en suma, volvernos inconfundibles, sobre todo entre nuestros semejantes, a los que no en vano designamos así para que no se dude de que es grande el temor de que con ellos se nos confunda, y entre quienes aspiramos a descollar mediante el mérito, el prestigio o el azar, arrebatados por ese anhelo febril de presencia y singularidad por el que nuestra insaciable vanidad se desvive.
Santiago Kovadloff
lunes 6 de diciembre de 2004
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