El secuestro del bebé sin nombre no fue totalmente culpa del ahora muy preso Pierna con Quesillo. Se trató más bien una suma de cosas: mi piercing, mis cálculos, los pájaros y la intransigencia de mi papá, renuente a ver en el Masiosare a un novio como Dios manda. La verdad es que mucho tiempo para intimar no les di, pues todo pasó como pasó, y ahora nunca veré de nuevo a uno y el otro está exiliado en Ciudad Juárez. Pero ya me salté mucho, así que mejor voy al principio, y les cuento cómo pasó todo de una manera y no de la otra.
Hace cosa de cinco meses, mi papá, cansado, tras una dura jornada de trabajo en el Superama uniendo cables aquí, bajando switches allá, subió al Esperanza-Palaciox7 para emprender el regreso al hogar. La caja de herramientas en una mano, y en la otra una bolsa de papitas fritas anegadas en salsa Valentina. Pagó su pasaje y comprobó que, felizmente, su sitio preferido, el último y larguísimo banco bajo el parabrisas trasero, estaba libre. Podría quitarse los zapatos, estirar las piernas en el espacio extra y posar los pies hinchados sobre la caja de herramientas con orgullosas calcomanías del América mientras devoraba las papitas y se chupaba ruidosamente la salsa de sus dedos. Todo fue una ilusión.
Ya de cerquitas, el asiento del fondo no estaba vacío. Tendida a todo lo largo, una parejita se prodigaba un feliz caldo, un pulposo manoteo. Como todos ustedes saben, ese asiento es el único lo suficientemente largo y ancho para tales menesteres. Quedó hipnotizado. Lo entiendo: mi papá no es de madera. Habrá dicho Qué lindas piernas, y sentido envidia, pero ni por el taco de ojo o la breve ofuscación renunció al asiento. Con permisito, jóvenes, pidió con esa voz engolada que lo mismo le sirve para disimular que no acabó la primaria o demandar respeto a las buenas costumbres. Y ahí tienen que su entonación de Benemérito de las Américas me sonó muy pero muy conocida.
Con el corazón en stand by, aparte de mi cuello la cabezota con picos punk del Masiosaré, en la escandalosa tarea de hacerme un chupetón, y sí, dios mío: era mi papá. Ahí estaba, de pie en el pasillo, estrujando la manija de la caja de herramientas y la bolsa de papas como si aferrarse a ellas pudiera sacarlo a flote de la peor pesadilla de un Jefe de Manzana: descubrir a su hija en minifalda, sin medias pero minuciosamente depilada, manoseada por un punketo.
La caja de herramientas hizo un ruido de Jesús, María y José al dar contra el piso. Un tambor de guerra que despertó la más pura virilidad de mi primer y último ex novio. El Masiosare se levantó cual gallo en palenque, tan alto como los picos de su peinado e indiferente a la suplica de mis ojos, al rictus de mi boca y mal interpretando las uñas que le clavé en la nalga. Qué rico, me agradeció y se dio vuelta para observar a mi papá cual Córtez a los tenochcas, ¿Qué le pasa viejito? ¿Se le antojó? Y para dejar bien claro su Yo Tarzán, Tu Chita deslizó la mano por debajo de mi blusa, entre brasier y pezón, y canturreando Anillo de compromiso, ostentoso y goloso y calador introdujo el dedo en la argolla en el piercing que me había colocado en su honor,. Un detalle muy cachondo, muy erótico, pero totalmente fuera de lugar, y se lo hice saber antes de que cavara una tumba más profunda: Te presentó a mi papá.
(El laberinto de los pájaros, reload)
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