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La primer página

lunes, mayo 19, 2008



El secuestro del bebé sin nombre no fue totalmente culpa del ahora muy preso Pierna con Quesillo. Se trató más bien una suma de cosas: mi piercing, mis cálculos, los pájaros y la intransigencia de mi papá, renuente a ver en el Masiosare a un novio como Dios manda. La verdad es que mucho tiempo para intimar no les di, pues todo pasó como pasó, y ahora nunca veré de nuevo a uno y el otro está exiliado en Ciudad Juárez. Pero ya me salté mucho, así que mejor voy al principio, y les cuento cómo pasó todo de una manera y no de la otra.


Hace cosa de cinco meses, mi papá, cansado, tras una dura jornada de trabajo en el Superama uniendo cables aquí, bajando switches allá, subió al Esperanza-Palaciox7 para emprender el regreso al hogar. La caja de herramientas en una mano, y en la otra una bolsa de papitas fritas anegadas en salsa Valentina. Pagó su pasaje y comprobó que, felizmente, su sitio preferido, el último y larguísimo banco bajo el parabrisas trasero, estaba libre. Podría quitarse los zapatos, estirar las piernas en el espacio extra y posar los pies hinchados sobre la caja de herramientas con orgullosas calcomanías del América mientras devoraba las papitas y se chupaba ruidosamente la salsa de sus dedos. Todo fue una ilusión.


Ya de cerquitas, el asiento del fondo no estaba vacío. Tendida a todo lo largo, una parejita se prodigaba un feliz caldo, un pulposo manoteo. Como todos ustedes saben, ese asiento es el único lo suficientemente largo y ancho para tales menesteres. Quedó hipnotizado. Lo entiendo: mi papá no es de madera. Habrá dicho Qué lindas piernas, y sentido envidia, pero ni por el taco de ojo o la breve ofuscación renunció al asiento. Con permisito, jóvenes, pidió con esa voz engolada que lo mismo le sirve para disimular que no acabó la primaria o demandar respeto a las buenas costumbres. Y ahí tienen que su entonación de Benemérito de las Américas me sonó muy pero muy conocida.


Con el corazón en stand by, aparte de mi cuello la cabezota con picos punk del Masiosaré, en la escandalosa tarea de hacerme un chupetón, y sí, dios mío: era mi papá. Ahí estaba, de pie en el pasillo, estrujando la manija de la caja de herramientas y la bolsa de papas como si aferrarse a ellas pudiera sacarlo a flote de la peor pesadilla de un Jefe de Manzana: descubrir a su hija en minifalda, sin medias pero minuciosamente depilada, manoseada por un punketo.


La caja de herramientas hizo un ruido de Jesús, María y José al dar contra el piso. Un tambor de guerra que despertó la más pura virilidad de mi primer y último ex novio. El Masiosare se levantó cual gallo en palenque, tan alto como los picos de su peinado e indiferente a la suplica de mis ojos, al rictus de mi boca y mal interpretando las uñas que le clavé en la nalga. Qué rico, me agradeció y se dio vuelta para observar a mi papá cual Córtez a los tenochcas, ¿Qué le pasa viejito? ¿Se le antojó? Y para dejar bien claro su Yo Tarzán, Tu Chita deslizó la mano por debajo de mi blusa, entre brasier y pezón, y canturreando Anillo de compromiso, ostentoso y goloso y calador introdujo el dedo en la argolla en el piercing que me había colocado en su honor,. Un detalle muy cachondo, muy erótico, pero totalmente fuera de lugar, y se lo hice saber antes de que cavara una tumba más profunda: Te presentó a mi papá.

(El laberinto de los pájaros, reload)


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posted by ÓL
08:31

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Sobre libros

domingo, mayo 11, 2008


1. Visita a la Feria del Libro. Todo, como el año pasado, estaba en el mismo sitio, hasta las chicas que regalaban fernet, sólo que este año, a las pobres, las hicieron ponerse una peluca verde de marciana de pelicula sesentera.

2. A mitad de un pasillo, como el monolito de 2001, había un ejemplar gigante de la última novela de Carlos Ruiz Zafón (su último apellido se presta a muchos chistes mexicanos). ¿Alguien se ha dado cuenta de que todas las reseñas del libro que han ido apareciendo sólo citan las primeras páginas (incluso la contraportada copia entre comillas ¡el primer parrafo! como sinopsis). Debo reconocer que me pasa lo mismo que a estos pobres publicistas: no puedo avanzar en su lectura, las metáforas tremendistas del barcelonés me invitan al coma profundo, y eso que padezco de insomnio.

3. La Región Más Transparente del Aire cumple 50 años, y sigue siendo tan aburrida y pretenciosa como la primera vez que la leí. Y la leí porque a mis tiernos 16 creía imposible una portada con la Torre Latinoamericana, y una novela sobre la Ciudad de México: pensaba entonces que la literatura sólo ocurría en lugares lejanos, como Buenos Aires y Barcelona. Esa cercanía, me temo, es todo lo que le debemos a Don Carlos.

4. Incluso en los reducidos y atestados stands de una feria del libro se cumplen las máximas de las tiendas de cómics:

a)no importa que apenas roces un ejemplar, un empleado con los peores atributos de un hobbit (el tamaño, la inteligencia y el ancho) pasará por encima de ti para reacomodarlo, aunque evidentemente no hay clasificación alguna en la tienda.

b)nunca podrás llegar a los ejemplares que te interesan pues se interpondrá en tu camino un adolescente que parece salido de una obra de Frank Miller (etapa 300) y escupe a tu menor movimiento la pregunta ¿DESEA ALGO?, ante la cual no, uno no desea nada.

c)será imposible completar el recorrido por el lugar pues el mostrador estará repleto de hombres y mujeres de todas las edades física pero estancados en una sola, que no compran ni pagan (a diferencia de ti), y en cambio vociferan intercambiando data, correcciones, trivias y nombres de la más pura escuela frikie con el dueño del local, no por un interés académico, sino para que todos sepan que saben esas deliciosas inutilidades.

5. Me compré, al fin, Jonathan Strange y el Señor Norrel de Susanne Clarke, una novela que al menos en las ciento y pico de páginas que llevo es grandiosa y humilde, un libro sobre la diferencia entre los libros de magia y los libros sobre magia. Ella recibió su biografía de Pizarnik, Lud, una adaptación del Cuento de Navidad de Auggie Wren; Saris, los cantos de las hormigas (Chimicurri, chimichurri), y Luca, una biografia de Kurt Cobain. Yo sólo le regalo libros a la gente que amo.

6. Para un escritor (o un mal prosista como yo), una feria del libro es, esencialmente, un sitio donde la multitud no te deja ver los libros. Sí, una pesadilla.

7. En el metro vi a dos putos. Uno pequeño y otro extralarge. El pequeño le acomodaba la ropa al otro, y el grandote, en un punto dado, se quitó a manazos a su acicalador. El pequeño le hizo gestos admonitorios (la mano a la altura de la nariz, como un te huelo o te conozco), y el puto grande terminó con los karatazos y volvió a un estado de gordo tras su panza. Y se tomaron de las mano mirándose. El tipo de cosas que me hace sentir orgulloso de pertenecer a la humanidad y a los libros.

8. Y no, no vi a Anárquica.

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13:12

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Las lágrimas del boxeador

martes, mayo 06, 2008


Ayer mi padre llamó ebrio, a las diez de la noche de Argentina, a las siete de México, que para él es muy tarde. Estaba abrazado a su perro y colgó antes de echarse a llorar. De hecho, todas las frases que me dijo terminaban con "me dan ganas de llorar": "Hablas como argentino, hijo, y me dan ganas de llorar", "Estoy contento de oírte tan bien, hijo, y me dan ganas de llorar". He reseñado la llamada en tres ocasiones, al menos, a perdonas distintas y que no conocen a mi padre, y cada vez que he dicho "y colgó antes de echarse a llorar", he bajado la mirada. Mi padre, como El Extranjero, no lloró ni cuando se murió su madre, mi abuela Ricarda, por que es un boxeador, y los boxeadores no lloran a sus madres, ni nadie más. Sólo lloran, que yo sepa, cuando muere su némesis, el retador que les arrancó el título o el campeón que nunca pudieron vencer. Ahora que mi padre llora tras colgar, se que llora a su hijo y a su enemigo ausente, al que se fue para no ser como él (ni boxeador ni electricista ni padre ni ebrio), y al que ahora encuentra muy lejos, más allá de sus consejos, viviendo con tres niños, convertido en un escritor que no escribe, en un exiliado que lleva dos meses planeando un viaje de cuatro horas autobús, en alguien que no sabe dar un uppercut digno. "Habla su señor padre", le dijo por teléfono a la mujer que amo, y en realidad decía que aún no termina el último asalto.

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01:18

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Postales argentinas

domingo, abril 06, 2008


1. Hace dos semanas, el día del paro, el pueblo era vigilado por 4x4 como, en su momento, las calles era recorrida por Falcons. Los lentes negros han sido sustituidos por parabrisas polarizados. Los agentes de entonces iban armados y reducían a los subversivos para meterlos en sus cajuelas. Los libertarios de hoy se cercioraban que los comercios estuvieran cerrados en apoyo al Campo, tal y como habían ordenado a través de correos electrónicos, SMS o "aprietes en vivo". Las armas han sido sustituidas por camisas Lacoste. Vivimos un puto Apocalipsis de papagayos.

2. La mujer de uno de los libertarios que "cortaba la ruta " fue a pagar su viaje a Europa a una agencia de viajes. Un viaje que, hasta donde se, realizaron antes del fin de la Huelga. Confesó que aunque su marido estaba en pie de guerra, los peones seguían cosechando la soja. Otro de los libertarios llegó en ese momento. Declaró que con Videla estas cosas no pasaban y pidió su vuelta.

3. Una mujer que reparte volantes (en hojas tamaño carta, fotocopiadas a color) medita si me da o no esa Importante Información. Yo estoy escuchando a The Pogues en mis audifonos y levantó una mano en un gesto que lo mismo significa No que Anda y métete el Obelisco en el culo, pero ella ya me ha dado la espalda. Su precioso perrito blanco (perfectamente peluqueado), sin embargo, me mira con toda la alegría de sus ojitos brillantes y su lengua roja.

4. Que los ricos protesten con las herramientas de la desesperación es legal, pero es obsceno. Ahora que todo esto ha terminado (porque ha terminado: la soja se despreció en un 10% y los emporios agrícolas estadounidenses han anunciado que van a sembrar soja; ¡el mercado se les viene abajo, chicos!), cuando los pobres protesten por cosas banales como la comida y el trabajo, ¿van a salir a apoyarlos con sus abrigos de pieles, sus lentes negros y sus ollas?

Yo creo, como ustedes, que no.

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12:46

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Para esto sirven las bibliotecas

domingo, marzo 16, 2008


Entraron con decisión, dejaron la moto afuera. Ella tendría unos seis meses y un vestido floreado. Se quitaron la palabra para preguntarme si tenía el libro de los nombres del bebé. Les dije que desde luego sin tener la menor idea de si lo teníamos o no. Mientras rebuscaba en los estantes se fueron, sabrá dios porqué, a revolver los libros de ciencias. Después de arrodillarme, subir y bajar, tragar polvo y hacer dos llamadas telefónicas, en efecto: teníamos El Gran Libro de los Nombres del Bebé. Ella sonrió de ese modo que dice bien claro "sí, hay un futuro" cuando se lo entregué. Se fueron a una mesa, y repasaron las páginas entre risas. La mano de él en el vientre de ella, la mano de ella en sobre la mano de él.

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20:15

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Listen to the colours of your dreams

martes, marzo 11, 2008


La noche de mi cumpleaños soñé que luchaba con un mal poeta. Creo que en realidad él luchaba contra mí, del modo en que los científicos locos luchan contra los hombres lobos. Tenía una barba blanco y generoso pelo blanco, como el abuelo de Heidi, y un bastón, y lo usaba para mantenerme a raya, pues yo era la amenaza. No una amenaza crítica contra la mala poesía (la cual, si soy franco, no sé diferenciar de la buena). No, nada de crítico: yo era una amenaza contra la poesía, un virus contra la poesía, un infectado, un leproso cuyo tacto borraría irremediablemente los buenos versos y las metáforas incandescentes que nos guían en la noche oscura del alma.

El mal poeta, pues, me mantenía a raya a bastonazos, silencioso, ancho y viril, y detrás suyo veía niños, muchos niños desconocidos que, de alguna manera, eran la poesía y el futuro de la poesía, y los poetas vivos y los poetas muertos. La batalla tenía lugar, no podía ser de otra manera, en una escuela perdida en las montañas, como la escuela en la que debió estudiar Heidi.

El punto es que yo no deseaba ni tocar ni conocer a los niños. Esquivando bastonazos, mi intención era decir al mal poeta que se equivocaba. La poesía no estaba ahí, en esa escuela de muros verdes con jirones de cal: la poesía nos había abandonado, a mí, mal prosiste, y a él, mal poeta, y los niños (metáforas fáciles, lugar común del lugar común) eran un simulacro.

Era, desde luego, una batalla perdida. Sabía, incluso en sueños lo sabía, que los malos poetas defienden sus errores como animales mutilados, a bastonazos y mordidas, hasta el desangramiento o el asesinato. Y nosotros, los malos prosistas, les infringimos esa ofensa terrible que es narrarles, soñarlos como abuelos sabios que salvan a sus decenas de nietos de un demonio menor.

El sueño debía poseer algún sentido, pero deperté antes de saberlo.

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00:25

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Autobiografía

viernes, marzo 07, 2008


Tengo 40 años.

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01:52

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Reload

lunes, marzo 03, 2008


Nuevo template (prestado), iniciamos de nuevo, ahora que todos se van, y precisamente: por que todos se van, y twitter no pasa de ser un chat sofisticado.

¿En qué nos quedamos?

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00:50

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Estamos de reformas

martes, febrero 12, 2008


Sepa usté comprender.

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01:11

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El laberinto de los pájaros

sábado, febrero 02, 2008




Llamamos a un número inventado y contesta una vieja ¡y me regaña!: “¡A ver a qué horas vas a llegar, Joel”. Yo me amilanó un poco, no te voy a decir que no, su voz me recordaba a mi jefecita, quenpazdescanse, pero luego se me prendió, y le digo: “Más respeto, vieja seba, que tenemos a su Joel”, y esto, y lo otro, y “Queremos veinte mil pesos en una bolsa del pan, y nos paga o le mandamos una oreja de su hijo y nos hacemos un pozole con la otra”. “No es mi hijo”, ¡aclara la pinche vieja, muy digna!, “es mi nieto”. “Pues vale sorbete, igual no creo que le sobren las orejas, ¿o sí?”, le respondo y me contesta: “No, ni Dios lo quiera”. Como se iba por las ramas, y por no agandallarnos tanto, y como ni conocíamos al Joel ese, le rebajamos el rescate a mil pesos; “Deje la bolsa en la esquina de Fresno y Naranjo en cinco minutos, y cuidadito con llamar a la policía: tenemos su línea jaqueada, señora: jaqueada”; y cuelgo. Jaqueada, no mames, ahí te reconozco que me pasé, para que te voy a decir que no si sí. Y vamos a Fresno y Naranjo. O sea, era la idea, porque recorremos Fresno desde San Cosme hasta Nonoalcao, ida y vuelta, y a la tercera que ni la bolsa ni nada, el Licenciado pregunta: “¿Fresno y Naranjo hacen esquina?”. “Pues no, no hacen”, dice el Cochopinto. “¿Y ahora?”. Pues ni modo: nos chingamos por no sabernos la Guía Roji. Ya estábamos por irnos cuando justo en la banqueta de enfrente vemos a la vieja. O sea, conocerla no la conocíamos de nada; la reconocemos por que llora mientras estruja una bolsa de pan, y porque camina mirando para todos lados, y porque se para en las esquinas para leer los carteles de las calles, y clarito se le lee en los labios un “Jesús mío” cuando comprueba que ni esa ni la otra son Naranjo. ¿Y ahora? Primero nos quedamos engarrotados, con miedo, para que te voy a decir que no, y luego, no sé por qué, los tres la seguimos, a su mismo paso lento, de pato. Así pasa una hora en la que a ninguno se nos prende cómo hacer para quitarle la lana. Y la seguimos Fresno abajo, Fresno arriba, sin hablarle, sin mirarla, nada más siguiéndola, al Sur, al Norte, para Álzate, hacia San Cosme, para donde se mete el sol, de vuelta de donde saldrá mañana, aburridos, cansados pero sin poder abandonarla, y su bolsa de papel menos arrugada que ella, y sus lágrimas, sus besos al rosario, y nosotros sin poder irnos, como deberíamos, a la chingada.


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posted by ÓL
21:41

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